lunes, 26 de marzo de 2012

La máquina de tiempo

La mente es una poderosa máquina del tiempo. Te hace revivir no solo momentos, sino también sentimientos, muchos de ellos que simplemente ya uno pensaba que no ocupaban lugar en el freezer de la memoria.


Casa Hacienda de Chocas.
Han pasado ya 21 años desde que terminaron las Misiones Toribianas de 1991 que se hicieron en el verano de aquel año en Pro (Puente Piedra) y Chocas (Km. 34 de la carretera a Canta), siendo éste último mi centro de misión. Era la primera vez que me separaría de mi casa por tanto tiempo (un mes), y eso me llenaba de entusiasmo y a la vez de preocupación. Yo estaba acostumbrado a que me dieran desayuno, a que mi ropa llegue a mi lavada y planchada... y bueno, todo a lo que uno adolescente de una metrópolis puede estar acostumbrado. Y de pronto te encuentras con una realidad diferente, a tan solo unos kilómetros de la supuesta metrópolis. Dormir en un par de colchones de esponja sin mayor tarima que el suelo, levantarte a las 5:00 am. (si te tocaba) para preparar el desayuno para todo el grupo, lavar y planchar tu ropa, cargar agua desde un puquio para poder ducharte, preparar las clases para los niños a quienes se les daba vacaciones útiles, aprender a encender las lámparas petromax en las noches ante la ausencia de electricidad. Pudo sonar duro en ese tiempo, pero las cosas que se ganan a cambio son increibles.


No cambiaría nada de lo que pasó en aquel mes de Misiones. La casa Hacienda que se convirtió en nuestro hogar, una verdadera joya de la época colonial y que si en aquella época estaba descuidada, hoy lo está más. Las noches que los niños nos esperaban en la puerta de la casa para cantar con nosotros, hacer los juegos que la escasa luz permitían, escuchar las historias que el más jóven de los seminaristas contaba con tanto realismo y sentimiento. Los partidos de fútbol que jugábamos una vez a la semana, o la escalada al cerro cercano. Los juegos comunitarios con los seminaristas. Pero nada se compara con las sonrisas de los niños, aquellos que nos miraban con tanto cariño, como también con tanto respeto. Parecía que cada uno competía por ganar más nuestra atención, y nosotros sabíamos que no podíamos hacer ninguna preferencia por nadie. El recibir a estos niños que venían corriendo sucios de pies a cabeza, por haber estado ayudando a sus padres en su chacra... no había forma de negarse, y menos de evitar terminar en el suelo con todos encima. 


Iglesia San Pedro de Carabayllo.
Han pasado 17 años desde que terminaron las Misiones Toribianas 1995 en Carabayllo (Puente Piedra). Aquel en el que ya no dormimos en el sueño, sino que utilizamos como tarimas las carpetas, pues nuestro hogar por ese mes de Misión era el Colegio Nacional de la zona. Descubrimos también otra joya colonial: la iglesia de San Pedro de Carabayllo, tan antigua casi como la historia misma de la ciudad. Si bien ya conocía la rutina de lavar, planchar, preparar desayuno, preparar clases y todas las labores, siempre la experiencia de tener a los niños alrededor no tiene igual.


La amabilidad de las personas era un común denominador en ambas experiencias. Siempre llegaban a dejarnos algún regalo de sus cultivos, ya sean tomates, lechugas, paltas, huevos... No hay duda que tiene más valor lo que te puede dar la gente que menos tiene.


Santo Toribio de Mogrovejo.
Cada inicio de Misión se realizaba una misa abierta a todos. En ambas ocasiones el templo estaba casi vacío, solo con nosotros los misioneros, los seminaristas y algunas señoras que se acercaban por curiosidad (pues en esos lugares solo hacían misas en fechas muy especiales). En la misa de final de Misión la iglesia se llenaba y mucha gente quedaba afuera. Ahí uno se daba cuenta que realmente se hicieron cosas buenas. Más aún cuando veías las lágrimas de los niños que se despedían... y sentías que algunas también brotaban de tus ojos.


La felicidad en esta vida es la suma de buenos momentos. Y viajando en aquella máquina del tiempo que es la memoria, me doy cuenta que aquellos buenos momentos son lo que realmente te llenan de dicha el corazón, aquellos que te muestran que nuestro paso por aquí realmente vale la pena. No todo fue felicidad, también existieron momentos difíciles, pero se vuelven nada al lado de tanta buena experiencia.


Recordar es volver a vivir. Por eso aprovechemos nuestra propia máquina del tiempo, aquella que llevamos sobre nuestros hombros y está personalizada con nuestras historias, nuestros momentos, nuestras experiencias, nuestras alegrías, nuestras tristezas... y demos de vez en cuando un viaje por aquellas tierras, algunas más lejanas que otras. A veces esperamos alegrías presentes, cuando debemos buscarlas en el pasado, para poder mirar el futuro con optimismo y esperanza.

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